Me encanta hablar con tu contestador, es como si alguien me escuchara al fin. No da consejos ni siente compasión, todo lo que necesito.
He ido al lavabo. Sí, a ese armarito blanco, pero no, no había de esas pastillas que quitan el dolor. Sé que me entiendes. No es una migraña ni un moratón. Ahora es cuando tú saltarías con tu típico "tienes mucha vida por delante, mucha gente que te quiere, así que no hagas tonterías". Tonterías, claro. ¿Qué sino? No serías capaz de decirme algo nuevo, algo que no se haya atrevido nadie a decir.
Ahora me doy cuenta de que nada de esto tiene sentido. ¿Qué me hace feliz? ¿Quién? ¿Por qué sigo? Silencio. Una hace muda al final. Una puta hache. ¿Entonces? Sí, entonces es cuando mi mente ordena a mi cuerpo caminar, bajar las escaleras (tal vez tirarse), volver al lavabo y abrir el armarito blanco. Revolver las cajas y frustrarse por no saber calmar este dolor. Ese que vuelve a oprimirte el pecho hasta que rompes a llorar. Qué triste que todas mis noches sean así y más que las tenga que pasar sola.
Hoy he ido al lavabo. Sí, al armarito blanco, pero no, no había de esas pastillas que quitan el dolor.