Estoy hundida. He fracasado como hija, como hermana, como amiga y como novia.
Al fin lo ha admitido. Supongo que lo tuve en todo momento frente a mis narices pero no quise verlo.
Noto como la anorexia me consume. Noto como los cortes cada vez son más abundantes y profundos. Y lloro. Lloro mucho. Te alteras, paras y te calmas. Pero unas pocas palabras son suficientes para que los nervios vuelvan a la piel y busques, desesperada, una salida, una solución, un corte más.
Vives engañada pensando que no estás tan mal, que algún día lo superarás, que no ere la única y que puedes con esto sola. Te mueres de ganas de contárselo a alguien que pueda ayudarte de verdad pero el miedo te paraliza. Solo miedo. Miedo a cómo pueden tratarte, a cómo te pueden mirar. Miedo a los cambios. Miedo a volver a caer si consigues salir. Miedo a las duras palabras que esperas oír. Miedo a ti misma.
Entonces es cuando piensas que a lo mejor no se vive tan mal, que hay gente con mayores problemas y que no tienes de qué preocuparte.
Pues él no pudo con esto. Y me abandonó. Justo cuando más le necesitaba. Como acaban haciendo todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario